Reparar cerámica con laca urushi
y polvo de oro, fragmento a fragmento
Un plato roto se recompone despacio: primero se ordenan los trozos, después se pega con una laca que no se seca al aire sino que endurece en un armario húmedo, y solo al final aparece el metal. Estas páginas describen ese proceso paso a paso, con los tiempos reales que exige.
Qué se explica en estas notas
El recorrido sigue el orden real del trabajo, desde la pieza recién rota hasta el objeto que vuelve al aparador. Cada apartado se puede leer por separado, aunque los tiempos de espera solo tienen sentido leídos en conjunto.
- El examen previo y el orden de los fragmentos
- Limpieza de los cantos sin desgastar el borde
- El urushiol y por qué la laca se comporta así
- Pegado con mugi-urushi y curado en cámara húmeda
- Reponer las lagunas: sabi y kokuso
- Pulido de la junta antes del metal
- Oro y plata en polvo sobre laca fresca
- Por qué la espera forma parte del método
- Materiales modernos y el criterio de reversibilidad
- Cuidado de una pieza restaurada
El examen previo y el orden de los fragmentos
Antes de abrir un bote de laca conviene dedicar un rato largo a mirar. La pieza se coloca sobre un paño oscuro, se recogen todos los trozos, incluidas las esquirlas diminutas que suelen quedarse en el fondo de la caja o en la bolsa donde llegó, y se hace un montaje en seco: encajar los fragmentos sin adhesivo para comprobar que la fractura cierra sin holguras y sin escalones.
Ese montaje revela enseguida los problemas que después no tienen marcha atrás. Si dos trozos no asientan, casi siempre falta una lasca intermedia o hay un canto rebabado. Si el conjunto cierra bien por un lado y se abre por el opuesto, el orden de pegado importará mucho más de lo que parece: una junta colocada demasiado pronto puede dejar la última pieza sin sitio.
Conviene también leer la historia del objeto. Restos amarillentos en los cantos, grapas metálicas antiguas, hilos de cola endurecida o zonas donde el vidriado se ve mate indican que la pieza ya se reparó alguna vez, y eso condiciona todo lo demás.
- Contar los fragmentos y numerarlos por el reverso con cinta de papel de baja adherencia.
- Fotografiar el montaje en seco desde varios ángulos antes de desmontarlo.
- Marcar el orden de ensamblaje pensando en cuál será el último trozo en entrar.
- Anotar las lagunas: huecos que ningún fragmento va a rellenar.
- Buscar fisuras que aún no han abierto y que pueden ceder al manipular la pieza.
- Comprobar si el cuerpo es porcelana, gres o loza porosa: cada uno absorbe de otra manera.
Limpieza de los cantos sin desgastar el borde
El canto de la fractura es la superficie de contacto y, al mismo tiempo, la parte más frágil de la pieza. Cualquier desgaste, por mínimo que sea, se traduce en una junta con holgura que luego habrá que rellenar. Por eso la limpieza se hace con lo más suave que funcione, nunca con lo más eficaz.
El polvo se retira con un pincel blando o con una perilla de aire. Las grasas y las huellas se van con un bastoncillo apenas humedecido en alcohol, pasado en seco inmediatamente después. El agua se usa con prudencia: en porcelana vitrificada no plantea problemas, pero una loza porosa la absorbe y después tarda días en soltarla, y la laca no cura bien sobre un soporte encharcado.
Las reparaciones antiguas son el caso difícil. Una cola vieja endurecida puede reblandecerse con calor suave o con disolventes adecuados, pero conviene probar siempre en una zona escondida y aceptar que a veces la respuesta correcta es dejarla donde está. Rascar el canto con una cuchilla para dejarlo limpio suele costar más de lo que aporta.
- Pincel de pelo suave y perilla antes que cualquier líquido.
- Bastoncillo casi seco, nunca goteando, y siempre en un solo sentido.
- Nada de estropajos, abrasivos ni lijas sobre el canto de la fractura.
- Secado completo antes de pegar: horas en porcelana, varios días en cerámica porosa.
- Manos limpias y sin crema; la grasa de los dedos también impide la adhesión.
El urushiol y por qué la laca se comporta así
La laca urushi es la savia del árbol Toxicodendron vernicifluum, filtrada y decantada. Su componente principal es el urushiol, una mezcla de catecoles con cadenas laterales largas. Lo que la distingue de casi cualquier adhesivo moderno es la forma de endurecer: no se evapora un disolvente, sino que las moléculas se enlazan entre sí en una reacción de oxidación que necesita agua y que está catalizada por la lacasa, una enzima presente en la propia savia.
De ahí vienen todas las rarezas prácticas del material. La laca no cura en un ambiente seco y caluroso; cura en uno húmedo y templado. Un armario cerrado con una bayeta mojada endurece una capa que a pleno sol seguiría pegajosa una semana después. La capa gruesa tampoco funciona: la reacción avanza desde la superficie y el interior queda blando, así que la regla es aplicar poco y repetir.
Una vez polimerizada, la película resultante es dura, estable, resistente al agua caliente, a los ácidos suaves y a la mayoría de disolventes domésticos. Esa dureza final es la razón por la que se ha usado durante siglos en vajilla, y también la razón por la que el proceso no admite atajos.
Precauciones con la laca cruda
El urushiol sin polimerizar provoca dermatitis de contacto, con un cuadro parecido al de la hiedra venenosa: enrojecimiento, hinchazón y picor que pueden aparecer horas o días después del contacto. La sensibilidad varía mucho de una persona a otra y suele aumentar con la exposición repetida.
- Guantes de nitrilo y manga larga siempre que el bote esté abierto.
- Espacio ventilado y superficie de trabajo protegida con papel desechable.
- Aceite vegetal para limpiar restos frescos de la piel o de las herramientas; el agua sola no los arrastra.
- No tocarse la cara ni los ojos durante la sesión, aunque se lleven guantes.
- Trapos y papeles impregnados guardados aparte hasta que la laca haya curado.
- Una prueba en una zona pequeña de piel ayuda a conocer la propia reacción antes de trabajar horas seguidas.
Pegado con mugi-urushi y curado en cámara húmeda
El adhesivo tradicional del kintsugi se prepara en el momento: harina de trigo amasada con un poco de agua hasta formar una pasta homogénea, mezclada después con laca cruda en proporciones parecidas hasta que el color se unifica. El resultado, el mugi-urushi, tiene cuerpo suficiente para sostener el fragmento y sigue siendo lo bastante fino como para no separar las dos superficies.
Se aplica una película delgada en los dos cantos, se presiona y se retira enseguida lo que rebosa con una espátula de bambú. Cuanto menos material quede en la junta, más limpia será la línea final y menos habrá que lijar después. La pieza se sujeta con cinta de papel, bandas de goma o cordel, sin apretar tanto como para forzar un desplazamiento.
Después llega el armario. El muro es simplemente una caja o un mueble cerrado con humedad alta y temperatura estable, donde la pieza descansa mientras la laca polimeriza. No es un secadero: si el ambiente se seca, el proceso se detiene.
Condiciones habituales del armario de curado
- Humedad relativa alta, en torno al 70–85 %.
- Temperatura templada y estable, alrededor de 20–25 °C.
- Sin corrientes de aire ni luz directa.
- Una bayeta húmeda o un recipiente con agua bastan para mantener el ambiente.
- La junta se deja varios días antes de retirar las sujeciones.
Un exceso de humedad y calor acelera la reacción, pero también oscurece la laca y puede dejar la superficie arrugada.
Reponer las lagunas: sabi y kokuso
Casi ninguna rotura se recompone sin pérdidas. Quedan huecos donde saltó una lasca, muescas en el borde y, a veces, un trozo entero que no aparece. Para rellenarlos se usan masillas hechas con la misma laca, de modo que el relleno cure igual que la junta y envejezca con ella.
El sabi es la masilla fina: polvo mineral muy molido, del tipo del tonoko o el jinoko, amasado con agua y mezclado con laca cruda. Sirve para faltas pequeñas, poros y para nivelar la línea de la junta. Se aplica con espátula en capas delgadas, y cada capa cura en el armario antes de la siguiente, porque la masilla encoge ligeramente al endurecer y una sola aplicación gruesa se hunde.
El kokuso es la masilla de cuerpo: laca, harina y fibra —serrín fino, fibra vegetal o algodón deshilachado— para huecos grandes o para reconstruir un fragmento que falta. Tiene menos retracción y más aguante, pero acabado más basto, así que suele rematarse con una capa de sabi por encima.
- Preparar solo la cantidad que se vaya a usar en la sesión.
- Rellenar por debajo del nivel del vidriado y subir en capas sucesivas.
- Dejar curar cada capa por completo antes de aplicar la siguiente.
- No invadir el vidriado sano alrededor del hueco.
- Reconstruir un borde perdido con ayuda de una cinta que haga de molde por el reverso.
Pulido de la junta antes del metal
El polvo de oro no corrige nada: copia con exactitud la superficie que tiene debajo. Una junta con un resalte, un cráter o una onda quedará igual de irregular cuando brille. El pulido es, por tanto, el trabajo que decide el resultado, y también el que más paciencia consume.
Se rebaja lo sobrante con lija al agua de grano progresivamente más fino, sujeta con un pequeño taco para no redondear la línea, o con carbón vegetal de grano suave, que es el método tradicional y desgasta de forma más controlada. El movimiento sigue la dirección de la junta y se comprueba a menudo con el dedo: el tacto detecta escalones que el ojo no ve.
El límite es el vidriado. Lijar sobre él deja una zona mate que después no se recupera, así que la protección con cinta a ambos lados de la junta ahorra disgustos. Una vez nivelada, se aplica una capa fina de laca —negra o pigmentada de rojo con bengara, según el efecto que se quiera bajo el metal— y esa capa será la base del acabado.
Oro y plata en polvo sobre laca fresca
El metal no se pega con nada aparte de la propia laca. Sobre la última capa, todavía sin curar, se espolvorea el polvo cuando la superficie ha pasado de brillante y líquida a mate y ligeramente pegajosa. Ese punto intermedio es corto: demasiado pronto, el polvo se hunde y la línea pierde brillo; demasiado tarde, no se ancla y se desprende al primer roce.
El polvo más fino, tipo keshifun, da una línea suave y uniforme y se deposita con un pincel blando, con algodón o con un pequeño tubo espolvoreador. Los granos mayores, del tipo maru-fun, producen un brillo más vivo y con más textura, pero exigen una base impecable. La plata se aplica igual, aunque conviene saber que se oscurece con el tiempo; el oro se mantiene estable, y el latón de los kits económicos, no.
Tras espolvorear, la pieza vuelve al armario húmedo. Cuando la laca ha curado del todo, la línea se bruñe con algodón o con un pulimento muy fino hasta que aparece el brillo definitivo. Algunos acabados incluyen además una capa transparente muy delgada sobre el metal para protegerlo del desgaste.
- Preparar el polvo y las herramientas antes de aplicar la capa de laca; la ventana de trabajo es breve.
- Trabajar en un espacio sin corrientes: el polvo fino vuela con nada.
- Retirar el sobrante con un pincel seco solo cuando la laca haya curado.
- Recuperar el excedente sobre un papel doblado; el polvo de oro es caro y se reutiliza.
- Bruñir con suavidad, sin insistir en un mismo punto.
Por qué la espera forma parte del método
La lentitud del kintsugi no es una decisión estética: es la velocidad a la que ocurre la reacción química. Cada capa necesita su tiempo en el armario y ninguna se puede forzar sin que el resultado lo acuse. Quien empieza suele subestimar cuántas sesiones cortas separadas por días de espera hacen falta para una fractura sencilla.
Los plazos varían con la humedad, la temperatura, el grosor de la capa y el tipo de laca, de modo que cualquier cifra es orientativa. Aun así, sirve tener un orden de magnitud antes de empezar, sobre todo si la pieza tiene que estar lista para una fecha.
- Días
Curado de una junta pegada con mugi-urushi antes de retirar las sujeciones.
- Días
Curado de cada capa de sabi, repetido tantas veces como capas haga falta.
- Semanas
Reparación de una rotura limpia en dos o tres trozos, contando esperas.
- Meses
Piezas con muchos fragmentos, lagunas grandes o reconstrucción de un borde.
- Más tarde
Endurecimiento final de la laca, que sigue ganando dureza tiempo después de parecer seca.
Esa espera tiene un efecto secundario útil: obliga a mirar la pieza muchas veces antes de dar por terminado cada paso. Los errores que se corrigen bien son los que se detectan antes de la capa siguiente.
Materiales modernos y el criterio de reversibilidad
Junto al método tradicional existe una vía más rápida, la que usan la mayoría de los kits que se venden como «kintsugi»: adhesivo epoxi o masilla sintética teñida y purpurina metálica en lugar de laca y oro. Permite terminar una pieza en un fin de semana y su aspecto puede ser correcto, pero conviene saber en qué se diferencia.
El epoxi curado es prácticamente irreversible: quitarlo más adelante exige disolventes agresivos o calor, con riesgo para la pieza. Además amarillea con la luz y no está pensado para el contacto con alimentos. La purpurina de latón no es oro y pierde color. Nada de esto lo invalida para un objeto de uso decorativo, pero sí para una pieza con valor histórico o sentimental que quizá alguien quiera volver a tratar dentro de treinta años.
En conservación se prefiere trabajar con materiales que puedan retirarse sin dañar el original. Resinas acrílicas como el Paraloid B-72, solubles en disolventes concretos, cumplen ese criterio y se usan a menudo para pegados que deben poder deshacerse. La laca urushi, en cambio, no es reversible en sentido estricto, aunque su historia de uso es larga y su comportamiento a largo plazo se conoce bien.
- Decidir antes de empezar si la pieza pide un acabado tradicional o una solución rápida.
- Anotar qué materiales se han usado y guardar esa nota con el objeto.
- Reservar los adhesivos irreversibles para piezas sin valor patrimonial.
- No dar por seguro que un acabado sintético sea apto para uso alimentario.
- Consultar con un profesional de la conservación cuando el objeto sea antiguo o único.
Cuidado de una pieza restaurada
Una reparación bien hecha aguanta el uso cotidiano, pero no es la pieza original y conviene tratarla en consecuencia. La laca curada resiste el agua caliente y los ácidos suaves; lo que se desgasta antes es la película de metal, sobre todo si se frota siempre en el mismo sitio.
El lavado a mano con agua templada, jabón neutro y un paño suave es suficiente. El lavavajillas combina calor prolongado, detergentes fuertes y golpes: es el modo más rápido de estropear una junta. El microondas queda descartado en cualquier pieza con metal, y también conviene evitar los remojos largos, que reblandecen los rellenos y penetran por los poros de la cerámica.
La luz solar directa y prolongada degrada la laca, que además tiende a aclararse o a oscurecerse según las condiciones en que se guarde. Un armario normal, sin apilar la pieza bajo otras y sin roces en la línea reparada, basta para mantenerla estable durante años.
- Lavar a mano, sin abrasivos ni estropajos metálicos.
- Evitar lavavajillas, microondas y cambios bruscos de temperatura.
- No dejar la pieza en remojo ni con líquidos ácidos durante horas.
- Secar con paño suave inmediatamente después del lavado.
- Guardar sin apilar y sin que el borde reparado soporte peso.
- Mantenerla lejos de la luz solar directa continuada.
- Si la línea pierde brillo con los años, se puede reponer el acabado sin rehacer la junta.
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